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domingo, 1 de julio de 2007

Alma Desplumada

Aún no es invierno y hace frío. No me apetece aún coser la pluma marchita que se ha desprendido de mi alma. Meter a un poeta en mi cama ha sido lo peor que me pudo haber pasado. Su mayor virtud era convertir el orgasmo en papel; su peor defecto volverlo desgracia. Pero un buen día me ató a la cama de espaldas mientras recitaba frases grandiosas; de modo que cualquier barbarie que quisiera cometer sería justificado con mi plena consciencia. Pero el poeta tomó unas finas pinzas de cristal y arrancó una a una mis plumas. A medida que las iba arrancando eran mojadas en tinta donde había mezclado todas las lágrimas de sus últimos años y escribió una única palabra. Cuando me tuvo desplumada, me desató, me tomó en brazos y caminó. Mientras andábamos pensaba yo que me mimaría y cuidaría de mí hasta que saliera un plumaje nuevo y lustroso. Cuando llegó a la ventana, me arrojó al vacío. En vano intenté volar, sin plumas volar es imposible. Caí en el suelo frío, sin vestido, sin consuelo. Estuve muchos días tirada, hasta que también mi cabello y mi piel se tornaron opacos. Eminencias y vagos se acercaron a admirar el prodigio: sobre mi piel estaba escrita la única palabra del poeta. Yo no podía leerla... sólo escuchaba algunos comentarios de la maravilla escrita en mi cadáver literario. Al tercer día la palabra desapareció, desperté otra vez en la cama del poeta.

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